La Llorona

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Existen varias aterradoras leyendas sobre una mujer no de esta tierra sino de mas allá de nuestro entendimiento de las cosas, que algunos llaman dimensiones sobrenaturales.

La primera leyenda, tal vez menos conocida, por antigua se basa en los días justo antes de la conquista de México Tenochtitlan por los españoles cuando reinaba el emperador montecuzoma. Se cuenta que se empezaron a dar presagios de la caída del imperio azteca como que una noche se incendio el templo de Huitzilopochtli, dios de la Guerra y nadie pudo apagarlo, el Segundo presagio es que las aguas del lago que rodeaban a Tenochtitlan se tornaron de color rojo sangre, el tercero es que encontraron un ave rarísima en el lago con un solo ojo y cuando lo miro el emperador a través del ojo se veía a los españoles subidos en unas grandes bestias con cuerpos brillantes al sol. La ultima narra que por las noches de luna llena sobre el lago de Texcoco se aparecía en diferentes lugares una aterradora mujer flotando sobre el lago gritando “haaaaay que será de mis hijos.”

La llorona Mariachi Times Magazine

Otra leyenda de la llorona cuenta que En las altas horas de la noche, cuando todo parece dormido y sólo se escuchan los gritos rudos con que los boyeros avivan la marcha lenta de sus animales, dicen los campesinos que allá, por el río, alejándose y acercándose con intervalos, deteniéndose en los frescos remansos que sirven de aguada a los bueyes y caballos de las cercanías, una voz lastimera llama la atención de los viajeros.

Es una voz de mujer que solloza, que vaga por las márgenes del río buscando algo que ha perdido y que no hallará jamás.

Atemoriza a los chicuelos que han oído, contada por los labios marchitos de la abuela, la historia enternecedora de aquella mujer que vive en los potreros, interrumpiendo el silencio de la noche con su gemido eterno.

Era una pobre campesina cuya adolescencia se había deslizado en medio de la tranquilidad escuchando con agrado los pajarillos que se columpiaban alegres en las ramas de los higuerones.

A bandonaba su lecho cuando el canto del gallo anunciaba la aurora, y se dirigía hacia el río a traer agua con sus tinajas de barro, despertando, al pasar, a las vacas que descansaban en el camino. Era feliz amando la naturaleza; pero una vez que llegó a la hacienda de la familia del patrón en la época de verano, la hermosa campesina pudo observar el lujo y la coquetería de las señoritas que venían de San José. Hizo la comparación entre los encantos de aquellas mujeres y los suyos; vio que su cuerpo era tan cimbreante como el de ellas, que poseían una bonita cara, una sonrisa trastornadora, y se dedicó a imitarías.

Como era hacendosa, la patrona la tomó a su servicio y la trajo a la capital donde, al poco tiempo, fue corrompida por sus compañeras y los grandes vicios que se tienen en las capitales, y el grado de libertinaje en el que son absorbidas por las metrópolis. Fue seducida por un jovencito de esos que en los salones se dan tono con su cultura y que, con frecuencia, amanecen completamente ebrios en las casas de tolerancia. Cuando sintió que iba a ser madre, se retiró “de la capital y volvió a la casa paterna.

A escondidas de su familia dio a luz a una preciosa niñita que arrojó enseguida al sitio en donde el río era mas profundo, en un momento de incapacidad y temor a enfrentar a un padre o una sociedad que actuó de esa forma.

Después se volvió loca y según los campesinos del lugar, el arrepentimiento debido a su crimen la hace vagar ahora por las orillas de los riachuelos y buscando siempre el cadáver de su hija que nunca volvera a ver.

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